La salud y el bienestar de las personas están estrechamente relacionados. Tanto es así que cuando se le pregunta a la gente cómo está, las respuestas que brindan con mayor frecuencia suelen vincularse al estado de salud. A ello probablemente se debe que en 1946 la Organización Mundial de la Salud (OMS) conceptualizó a la salud como «un completo estado de bienestar físico, mental y social, y no meramente la ausencia de enfermedad o incapacidad». Tampoco es casual que para el premio nóbel de economía, Amartya Sen, la salud constituya una de las cinco libertades instrumentales necesarias para el desarrollo, y la posibilidad de vivir una vida prolongada y saludable sea una de las tres dimensiones básicas utilizadas para para la construcción del Índice de Desarrollo Humano del PNUD.

Los principales indicadores relacionados con la posibilidad de vivir una vida prolongada y saludable son: la esperanza de vida al nacer, la tasa bruta de mortalidad, la tasa de mortalidad infantil, la tasa de mortalidad materna, la tasa de mortalidad de los menores de 5 años, las tasas de morbilidad, los porcentajes de la población que refiere tener una salud razonablemente buena, los porcentajes de población de 15 años o más satisfecha con su vida social, entre otros.

En El Salvador, los indicadores de esta naturaleza correspondientes al siglo XIX son muy escasos, aunque suficientes para comprender que la situación que prevalecía en este ámbito era desastrosa. Por ejemplo, en 1958 cuando se hizo el primer censo de población era tan reducido el porcentaje de población longeva que no se diferenció un estrato para las personas mayores de 50 años. Por su parte, las cifras arrojadas por el censo de 1978 indican que solo el cuatro por ciento de la población de San Vicente superaba esa edad. Mucha gente moría en edades tempranas de enfermedades gastrointestinales, influenza, malaria, paludismo, tuberculosis o como consecuencia de epidemias tales como el cólera, las disenterías, la fiebre amarilla y la viruela.

A partir de 1899, la información es más abundante, debido a que se comenzaron a publicar series vitales y a que se levantaron censos en 1930, 1950, 1971, 1992 y 2007. Producto de ello, se ha podido construir series largas sobre la tasa de mortalidad, la tasa de mortalidad infantil y la esperanza de vida el nacer.

En cuanto a la tasa bruta de mortalidad (proporción de personas que fallecen con respecto al total de la población en un período de tiempo determinado), la información oficial disponible reporta para el período 1877-1948 un valor promedio de 28.1 muertes por cada mil habitantes, con algunos picos en 1880, 1903, 1915-1918, 1926, 1934-1935 y 1942-1943, asociados a una diversidad de pandemias que azotaron al país en esos años. Su valor, sin embargo, se redujo drásticamente a un promedio de 14 por mil durante el período de vigencia del modelo de industrialización por sustitución de importaciones (1948-1979). Luego, continuó disminuyendo de manera paulatina, alcanzando valores promedio de 9.2 por mil durante la guerra civil (1979-1990) y a 7 por mil desde 1990 a la fecha.

En el caso de la tasa de mortalidad infantil (número de defunciones de niños menores de un año por cada 1000 nacidos vivos en un año), su valor promedio durante el período 1911-1948 fue de 160; luego, entre 1950 y 1979, mostró una tendencia clara hacia la reducción, registrando un valor promedio de 111.4 por mil. Dicha tendencia continúo en los períodos siguientes, alcanzando valores promedio de 61.8 por mil entre 1979 y 1990, 33.4 por mil entre 1990 y 2004 y 15.9 entre 2004 y 2019.

Finalmente, en cuanto a la esperanza de vida al nacer (número de años que, en promedio, esperaría vivir una persona si durante toda su vida estuviera sujeta a las condiciones de mortalidad por edad observadas en un país durante un período determinado), la información recolectada evidencia la escasa que durante la mayor parte de los dos siglos de vida independiente se ha asignado a las personas. Entre 1821 y 1930, por ejemplo, la esperanza de vida se mantuvo por debajo de los 30 años; luego, aumentó a 36 años en 1940, y después, a 44 años en 1950. Durante la vigencia del modelo de industrialización por sustitución de importaciones este indicador continuó mejorando, a tal punto que, en el quinquenio 1975-1980, su valor fue de 57.2 años. Curiosamente durante la década de los noventa también mejoró, registrando un valor de 63.1 años en el quinquenio 1985-1990; más adelante, en el quinquenio 2000-2005, había aumentado a 70.1 años; y finalmente, en el quinquenio 2015 a 2020, a 73.1 años.

Las fuertes reducciones experimentadas en la tasa bruta de mortalidad y en la tasa de mortalidad infantil, así como el aumento en la esperanza de vida al nacer, registradas a partir de los años 1940 fueron, en gran medida, el resultado de la extensión al país de los progresos experimentados en la medicina a través de las vacunas y del mejor tratamiento contra ciertas enfermedades. Empero, como lo veremos con más detalle en un próximo artículo, también tuvieron una fuerte incidencia los avances en la salud pública y la educación derivados del aumento progresivo que, hasta los años 1970, experimentaron los porcentajes del gasto público destinados a salud y educación.

 

CategoríaSalud y ciencia

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